Generalmente tomamos decisiones simples, fresa o vainilla? frío o caliente? sweater o chamarra? Hay otras que no se resuelven tan sencillamente y es ahí donde surge el conflicto.
Como alguna vez dijo Charles Chaplin en El Gran Dictador "Pensamos
demasiado y sentimos muy poco". Cuántos hacemos caso a nuestras
corazonadas? Tal vez por miedo uno no cede completamente a los
instintos, miedo al fracaso, a cometer un error que no se pueda
deshacer. Aún así, tener la certeza de que hicimos algo mal es mejor que vivir con la duda de
lo que pudo haber sido. Pero si uno cediera completamente, donde queda
ese regalo llamado Razón? De igual modo no podemos andar por la vida
cuestionando todo lo que se nos es dado, así nuestra inteligencia nos
volvería duros y desconsiderados (Chaplin, 1940).
Cuando erramos en una decisión después de haberla razonado surge la
frase "Sé que (no) debí haber hecho eso", cuando nos guiamos por los
instintos decimos "Debí haberlo pensado mejor", pero cuando se está en
medio del campo de batalla de razón vs. insinto, con quien deberíamos
aliarnos? Que botas habría que lamer? Saldremos caminando orgullosos por
la puerta del raciocinio o escaparemos persiguiendo una ilusión por la
ventana de los sentimientos?
La gran mayoría de las decisiones
que tomemos vendrán de aciertos o errores nuestros. Será entonces que
dejamos accesos entre abiertos y culpamos al cerrajero de no hacer bien
su trabajo?
… Después de todo siempre existe una puerta trasera.